Cuando estuve sola en casa, a las ocho y media de la mañana, ni siquiera me concedí a mí misma un momento. Mientras me duchaba, me lavaba la cabeza, me hice a toda prisa una toga de emergencia y me vestía de fin de semana, con tacones a pesar de la hora apenas me daba cuenta de que ocupaba ya hasta el menor resquicio de mi entendimiento; la más leve fibra de mi voluntad. Y no dudé al salir del portal en dirección contraria a la que tomaba todas las mañanas, ni al entrar al callejón donde estaba su casa. No me tembló la mano al llamar al timbre, ni la voz cuando le solté el discurso que había venido preparando por el camino-una florida explicación que él encajó de pie, apoyado en la puerta, medio dormido y casi desnudo, después de tirar de mí hacia dentro como si quisiera alibiar el frío-; no me detuve siquiera a decidir si lo que estaba a punto de hacer era bueno o malo, y no lo hice porque no podía hacer otra cosa que no fuera ir hacia él.
Cuando ya no podía volver hacia atrás, me pregunté como había podido llegar hasta allí, y no supe muy bien que contestarme. Entonces, como si hubiera podido intuir la dirección de mis pensamientos; se acercó hacia mi por detrás; me rodeó con los dos brazos y no hizo nada más, sólo abrazarme, respirar al borde de mi oreja izquierda; acoplar a mi relieve el de su cuerpo y decirme que me necesitaba como respirar.

